Cronica de Indias
Porque
se viaja, se cuenta historias. Hay quienes dicen, incluso, que sólo se viaja
para contar. La cultura de América, empieza con el deseo de viajar: Viajar es
salirse de uno mismo; como se dice, estar “sacado”: llegar a un lugar
diferente, lo otro, América se constituye lo otro respecto de Europa y Europa
es lo otro en el imaginario americano.
¿Qué
se hace con ese otro que se encuentra? Se arman teorías, se intenta describir
lo que se conoce con respecto de lo ya conocido. O, por el contrario, lo nuevo
modifica la realidad conocida. La tercera opción es el viaje a la luna: allí no
hay nada, no hay lo otro. Hay un espacio americano que se resiste,
culturalmente, a ser aprehendido. Hay un tiempo americano que oprime como una
pesadilla el paisaje y los cuerpos, la memoria y el sueño. Y hay ciudades.
América es la historia de un viaje y de la construcción de ciudades utópicas.
La historia política de América, incluso, tiene que ver con la interpretación
de los espacios: la selva, el río, el desierto, la ciudad y la montaña han sido
agentes políticos durante dos siglos. Pero además está el otro, el amo de
América, y su mirada, muchas veces delirante, puesta sobre América Latina,
también puede entenderse como una obsesión por el espacio americano: una
obsesión territorial y una obsesión, seguramente, bélica.
Lo
cierto es que América existe porque se viaja. Viajar, estar sacado. Lo mismo,
en fin, que la literatura: la literatura americana, como ninguna otra, es una
literatura del viaje. Desde los textos del descubrimiento y los viajeros hasta
la ciencia ficción y la road movie, siempre, siempre, hay un viaje: un punto de
fuga.
Los
viajes de Colón estuvieron guiados por un interés económico: encontrar una ruta
hacia el sur de Asia. Lo que no sabían en aquella época es que existía el
océano Pacífico, por eso Colón creyó que estaba en las Indias Orientales cuando
llegó a nuestro continente. Después de más de dos meses de navegación, Colón y
los 87 tripulantes de las tres naves divisaron tierra (tengan en cuenta que la
velocidad promedio de navegación era de 160 km por día dependiendo de los
vientos y que hay aproximadamente 6500 km entre Lisboa y las islas Bahamas). El
mapa más antiguo que se conserva de esta zona fue obra de Juan de la Cosa,
quien acompañó a Colón en varios de sus viajes.